El nudo de un abrazo
Fue un abrazo largo, un momento que se clavó en mí hasta ahora que lo expreso: amiga, de esos que te sacuden el alma y te dejan mudo, sin palabras ni aliento, que hacen nudo y recién, torpemente, logro desatar un poco las ideas para escribirlo. Hacía tanto que no lo sentía, y ahí estaba, entre nosotros, amigos desde un tiempo de risas y silencios. Todo el tiempo pienso que no soy el mejor, ni el más digno —tú me clavarías esa mirada que no soporta tonterías, pero la verdad sale, aunque me queme de vergüenza.
Nos vemos poco, me duele no contarte todo, no ser el oído que mereces —¿qué clase de amigo soy?—. No es que no te quiera, es que me enredo —ahora lo estoy, al escribir esto— a tientas en caminos torcidos para querer de verdad, para estar sin fallar —y fallo—. Aún resuelvo cuál sendero tomar, no veo más allá de mi nariz y el futuro se me escapa entre los dedos. Hay días en que la tristeza lo cubre todo, y ni yo me distingo en el espejo.
Pero ahora, solo quiero soltarlo aquí, en esta página en blanco, desatar el nudo que no cede. Pienso en los que quiero, y tú lo sabes: te quiero, amiga, recuerdo tu cariño pese a mis tropiezos, pese a todo; en varios momentos has estado ahí. Perdona quererla con tantas excusas.
Te veo triste —¿serán ideas mías?—, y no sé cómo alcanzarte, cómo tenderte la mano sin que tiemble la mía. Quisiera darte palabras que levanten, pero estoy tan pobre de ellas que ni para mí alcanzan. Amiga, te quiero porque eres mi amiga a pesar de mí, a pesar del tiempo que pasa y la distancia que estira como un elástico a punto de romperse, pero no se rompe: gracias por eso. Tú te acuerdas de mí, y no son migajas: es entero, sin adornos ni vueltas. Tú, que libras tus batallas con uñas y dientes, gracias por quedarte.
Fue un abrazo largo, y recordé que no te gustan, amiga. Me sorprendió, y te lo agradezco desde el fondo del pecho. Es mucho lo que has hecho; de verdad quiero que seas feliz. Un abrazo lindo, que valió más que todas las palabras que me tragué. Te quiero, manita.
Nos vemos poco, me duele no contarte todo, no ser el oído que mereces —¿qué clase de amigo soy?—. No es que no te quiera, es que me enredo —ahora lo estoy, al escribir esto— a tientas en caminos torcidos para querer de verdad, para estar sin fallar —y fallo—. Aún resuelvo cuál sendero tomar, no veo más allá de mi nariz y el futuro se me escapa entre los dedos. Hay días en que la tristeza lo cubre todo, y ni yo me distingo en el espejo.
Pero ahora, solo quiero soltarlo aquí, en esta página en blanco, desatar el nudo que no cede. Pienso en los que quiero, y tú lo sabes: te quiero, amiga, recuerdo tu cariño pese a mis tropiezos, pese a todo; en varios momentos has estado ahí. Perdona quererla con tantas excusas.
Te veo triste —¿serán ideas mías?—, y no sé cómo alcanzarte, cómo tenderte la mano sin que tiemble la mía. Quisiera darte palabras que levanten, pero estoy tan pobre de ellas que ni para mí alcanzan. Amiga, te quiero porque eres mi amiga a pesar de mí, a pesar del tiempo que pasa y la distancia que estira como un elástico a punto de romperse, pero no se rompe: gracias por eso. Tú te acuerdas de mí, y no son migajas: es entero, sin adornos ni vueltas. Tú, que libras tus batallas con uñas y dientes, gracias por quedarte.
Fue un abrazo largo, y recordé que no te gustan, amiga. Me sorprendió, y te lo agradezco desde el fondo del pecho. Es mucho lo que has hecho; de verdad quiero que seas feliz. Un abrazo lindo, que valió más que todas las palabras que me tragué. Te quiero, manita.
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